
Hay muchos métodos de dieta ampliamente conocidos: reducir los carbohidratos, evitar comer en exceso, consumir muchas verduras y proteínas, hacer ejercicio de forma constante… No hay nada especialmente nuevo. Al final, la clave está en llevarlo a la práctica. Por eso llama la atención la «desintoxicación hepática» que destacó un médico especialista en dietas. La idea es que, para adelgazar de verdad, el hígado debe estar sano. ¿Por qué la desintoxicación del hígado ayuda en una dieta? ¿Es necesario “eliminar” la toxicidad acumulada en el hígado para tener éxito en la pérdida de peso?
Para perder peso con éxito, el hígado debe estar sano… ¿por qué?
El hígado se encarga de funciones metabólicas relacionadas con los nutrientes: el metabolismo de los carbohidratos, el de los aminoácidos y las proteínas, el de las grasas, y el de vitaminas, minerales y hormonas. Transforma los alimentos absorbidos en el intestino para que puedan ser utilizados por distintos tejidos del organismo. Recoge los residuos que quedan tras utilizar los nutrientes para reciclarlos y elimina lo innecesario a través de las heces. Además, almacena diversos nutrientes —carbohidratos, proteínas, grasas, vitaminas, etc.— que se absorben en el intestino y se transportan a través de la vena porta hepática (según datos del Centro Nacional de Información sobre el Cáncer). Si estas funciones metabólicas del hígado no funcionan correctamente, el aumento de peso se vuelve más probable.
Alimentos que ayudan a la desintoxicación hepática… brócoli, col, ajo, manzana, cebolla
Consumir de forma constante alimentos que favorecen la desintoxicación hepática puede contribuir al control del peso. Los glucosinolatos del brócoli y la col ayudan a los procesos de desintoxicación del hígado. La alicina y el selenio del ajo también influyen en este proceso. La fibra dietética, las vitaminas, los minerales y los flavonoides de la manzana también participan en la desintoxicación hepática. La cebolla contiene abundante glutatión, una sustancia que ayuda a la descomposición de las grasas en el hígado, por lo que resulta útil para prevenir y manejar el hígado graso. Para proteger el hígado, hay que evitar las toxinas. Si se cree en publicidad exagerada y se recurre a remedios populares sin evidencia científica, el hígado puede verse perjudicado.
Hay que controlar la glucosa en sangre… y también se pierde peso
Si los picos de glucosa en sangre (subidas bruscas) son frecuentes, aumenta la resistencia a la insulina y puede producirse aumento de peso, porque la glucosa se convierte en grasa y se acumula. Por ello, conviene reducir la ingesta total de carbohidratos (arroz, fideos, pan, etc.) y evitar los carbohidratos desfavorables presentes en los alimentos ultraprocesados. Cuando disminuyen los picos de glucosa, la insulina puede actuar con mayor eficacia. También es importante comer alimentos frescos que no hayan pasado por procesos industriales. Para reducir la grasa abdominal, conviene priorizar «comida real», sin ingredientes desconocidos.
Consumir «grasas buenas», comer poco y con más frecuencia, hacer ejercicio, frenar los excesos, gestionar el estrés…
Además, también es importante consumir «grasas buenas»: alimentos ricos en ácidos grasos insaturados, como el aceite de oliva, el aceite de perilla y los frutos secos. Evitar comer en exceso es básico. Incluso la fruta, pese a contener azúcares naturales, si se consume en grandes cantidades puede provocar un aumento brusco de la glucosa y favorecer el aumento de peso. Los expertos también recomiendan el método de comer poco y con más frecuencia: realizar 4–5 comidas pequeñas al día. El ejercicio constante es imprescindible para controlar la glucosa y el peso. También hay que cuidar la mente. Si no se gestiona el estrés, la glucosa puede dispararse y se puede ganar peso. En una dieta, mantener la calma y el equilibrio emocional también es importante.