
Su textura firme y su sabor suave hacen que, cuando un arroz salteado o una pasta llevan langostinos, muchas personas tiendan a apartarlos y comérselos primero. Son un ingrediente práctico para asegurar el aporte de proteínas, pero, según el estado de salud, “comer mucho” puede convertirse en un problema. En especial, quienes tienen alergia a los crustáceos o gota deben extremar la precaución.
Si pican los labios y aparece urticaria…comprueba si hay alergia a los crustáceos
Los langostinos figuran entre los alimentos más representativos que desencadenan alergia a los crustáceos. Tras comerlos, pueden aparecer picor en los labios o en la boca, urticaria, hinchazón de la cara o de los labios, dolor abdominal o vómitos. En los casos graves puede producirse anafilaxia, con opresión en la garganta o dificultad para respirar, por lo que no conviene restarle importancia como si se tratara de un simple rasgo “constitucional”.
Si existe alergia a los langostinos, también es posible reaccionar a otros crustáceos, como el cangrejo o la langosta. En particular, incluso en alimentos en los que el langostino no se ve —como caldos o salsas de langostino— pueden estar presentes las proteínas que provocan la alergia. Si anteriormente se ha experimentado una reacción anómala tras comer langostinos, lo más seguro es acudir a un alergólogo para obtener un diagnóstico, en lugar de intentar comprobarlo por cuenta propia volviéndolos a comer.
¿Prohibidos los langostinos si tienes el colesterol alto?… ‘Cómo los comas’es lo importante
Los langostinos contienen colesterol dietético y, por ello, a menudo se consideran un alimento a evitar para quienes tienen el colesterol en sangre elevado. Sin embargo, como su contenido en grasas saturadas es relativamente bajo, no es necesario tratarlos como un alimento prohibido solo por el hecho de que tengan colesterol. Para controlar el colesterol LDL en sangre, conviene valorar no solo el colesterol de un alimento concreto, sino también la composición global de la dieta, incluidas las grasas saturadas.
De hecho, el método de preparación marca grandes diferencias. Los langostinos rebozados y fritos aumentan las calorías y la grasa por el rebozado y el aceite; y los platos de langostinos con mucha mantequilla o crema también pueden incrementar las grasas saturadas. Si se busca controlar el colesterol, es preferible asarlos o cocerlos al vapor en lugar de freírlos, y acompañarlos con abundantes verduras.

Si tienes gota o el ácido úrico alto…evita los “atracones” de langostinos
También deben extremar la precaución las personas con gota o hiperuricemia. Algunos mariscos, incluidos los langostinos, contienen purinas, y en el proceso por el que el organismo descompone las purinas se produce ácido úrico. Si el ácido úrico se acumula en exceso y los cristales se depositan en las articulaciones, puede desencadenarse un ataque de gota. La Arthritis Foundation también aconseja a los pacientes con gota que no consuman con frecuencia ciertos mariscos, incluidos los langostinos, y que los tomen de forma limitada.
En especial, una comida en la que, además de langostinos, se consumen grandes cantidades de carne u otros mariscos y, encima, se acompaña con cerveza, puede aumentar de golpe la ingesta de purinas y alcohol. Si se padece gota, conviene evitar comer grandes cantidades de una sola vez y reducir también el hábito de beber alcohol, especialmente cerveza, junto con la comida.
Para comerlos de forma saludable…no los frías y acompáñalos con verduras
Los langostinos tienen la ventaja de aportar proteínas sin ser un alimento especialmente graso. Pero, en lugar de llenar un plato solo con langostinos por considerarlos “un marisco saludable”, es mejor combinarlos con verduras y cereales integrales para lograr un equilibrio nutricional. Si se padece gota, beber suficiente agua también ayuda a controlar el ácido úrico.
Al comprar langostinos congelados o procesados, es recomendable adquirir el hábito de revisar también el sodio en la tabla de información nutricional. Al cocinarlos, se puede reducir la carga evitando el exceso de condimentos como la sal o la salsa de soja y recurriendo a técnicas como el vapor, el asado o el escaldado. En definitiva, lo importante es elegir la cantidad y el método de preparación adecuados al propio estado de salud.