
Un estudio concluye que los antihistamínicos, utilizados con frecuencia para aliviar el picor de la dermatitis atópica, no consiguen un efecto lo bastante grande como para que el paciente lo perciba.
La histamina es una sustancia secretada por los mastocitos que provoca prurito e inflamación cutánea. En particular, cuando se une a receptores presentes en los nervios o las células de la piel, la señal del receptor se transmite al cerebro y hace que se perciba un picor intenso.
Los antihistamínicos, que impiden que la histamina se una a sus receptores, se han utilizado durante mucho tiempo como tratamiento coadyuvante para reducir el prurito de la dermatitis atópica.
En los últimos tiempos, el ámbito médico viene alertando sobre la prescripción excesiva de antihistamínicos. El motivo es que se ha constatado que, además de la histamina, diversas proteínas o mediadores inflamatorios pueden estimular las células nerviosas de la piel o desencadenar el picor.
En este contexto, tomar antihistamínicos de forma continuada por sí solo no suele aportar un gran efecto sedante y, por el contrario, tiende a aumentar el riesgo de efectos adversos como somnolencia, disminución de la concentración o indigestión.
El efecto terapéutico real no es grande
Con ese telón de fondo, un equipo de la Universidad McMaster (Canadá) quiso cuantificar el efecto terapéutico real de los antihistamínicos. Para ello, revisó 47 ensayos controlados aleatorizados sobre el uso de estos fármacos en pacientes con dermatitis atópica. En total, los ensayos sumaron 6.230 participantes. Los resultados se publicaron el día 29 (hora local) en 《British Medical Journal (BMJ)》.
Tras analizar los 47 ensayos clínicos, el equipo concluyó que el efecto terapéutico de los antihistamínicos no es lo bastante grande como para que el paciente lo perciba.
En general, el indicador utilizado en la práctica clínica para evaluar la gravedad de la dermatitis atópica es el «índice SCORAD (oSCORAD)». Tiene en cuenta el alcance objetivo de las lesiones cutáneas y la severidad de las lesiones, y se puntúa de 0 a 83. Cuanto más alta es la puntuación, más grave es la dermatitis.
El análisis mostró que, tras tomar los fármacos utilizados actualmente en la práctica clínica (antihistamínicos de segunda generación), el índice SCORAD disminuyó una media de 1,87 puntos. Por lo general, el paciente puede percibir el efecto cuando un tratamiento reduce la puntuación en 8,2 puntos o más. Con ese criterio, el efecto real de los antihistamínicos de segunda generación se situó en torno al 23% del umbral perceptible.
El prurito tampoco se redujo de forma notable. En el indicador que puntúa de 0 a 10 la intensidad del picor percibido por el paciente, los antihistamínicos de segunda generación redujeron 0,89 puntos. La mejora mínima necesaria para que el paciente lo perciba es una disminución de 3 puntos o más. Del mismo modo, no alcanzó ni el 30% del umbral perceptible.
El efecto es pequeño… y algunos antihistamínicos exigen precaución por somnolencia
Los investigadores explican que, como el picor de la dermatitis atópica no se explica solo por la histamina, bloquear únicamente su acción dificulta controlar los síntomas de manera suficiente.
Los efectos adversos de los antihistamínicos varían según el fármaco. En particular, los antihistamínicos antiguos de primera generación pueden afectar no solo a la somnolencia, sino también a la memoria, la velocidad de reacción y la capacidad motora, por lo que requieren precaución.
Los antihistamínicos de segunda generación tampoco resolvieron por completo el problema de la somnolencia. En este estudio, la cetirizina, principio activo del producto antihistamínico representativo «Zyrtec», registró informes de efectos adversos como somnolencia en torno a 16 personas más por cada 1.000, en comparación con el grupo placebo.
Por supuesto, los antihistamínicos no son innecesarios para todos los pacientes con dermatitis atópica. En quienes también presentan rinitis alérgica o urticaria, tomar antihistamínicos puede mejorar los síntomas asociados. No obstante, esto debe entenderse más como un efecto del tratamiento de las enfermedades alérgicas concomitantes que como un efecto de mejora de la propia dermatitis atópica.
El equipo concluyó que, salvo en estos casos, faltan pruebas que respalden el uso rutinario de antihistamínicos en el tratamiento de la dermatitis atópica.
