¿Demencia, residencia? ¿Si no camina, hospital de convalecencia?

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[Guía práctica para cuidar a tus padres ②] La clave no es el diagnóstico, sino «con qué frecuencia necesita tratamiento»

Una mujer mayor sentada en una silla de ruedas conversa con personal sanitario. La residencia y el hospital de convalecencia no se eligen solo por la demencia o la dificultad para moverse: hay que valorar también el estado general y la necesidad de observación e intervenciones por parte del equipo médico. Foto=Getty Image Bank

Cuando a un padre o una madre le diagnostican demencia, muchas familias piensan de inmediato en una residencia. Y si, además, ya no puede caminar por sí solo o pasa cada vez más tiempo en la cama, parece lógico inclinarse por un hospital de convalecencia.

Eso mismo le ocurrió a la madre de Jeong Yong-jun (66; nombre supuesto): también tenía demencia y le dijeron que la lista de espera para una residencia era de un año y medio. Pero el lugar de cuidados no se decide solo por la demencia o por la dificultad para moverse. Hay que valorar en conjunto si el estado físico es relativamente estable y si lo principal es el apoyo en las actividades de la vida diaria o, por el contrario, la observación y las intervenciones del personal sanitario.

Antes que la demencia, lo primero: ¿el estado físico es estable?

Aunque haya demencia, si otras enfermedades crónicas están bien controladas, puede considerarse una residencia. Es el caso cuando el cuidado se centra en ayudar con la comida, el baño y la evacuación, en preparar la medicación o en evitar que la persona salga sola de casa, se pierda y sufra caídas.

La situación cambia, en cambio, si se repiten episodios de neumonía, infección urinaria (infección de las vías urinarias) o deshidratación, o si las úlceras por presión empeoran y requieren tratamiento frecuente. Puede ser necesario administrar oxígeno, aspirar flemas que la persona no puede expulsar por sí misma y repetir inyecciones o sueroterapia intravenosa. Si hay que ajustar con frecuencia la medicación o las intervenciones en función de los cambios del estado físico, es más probable que la opción adecuada sea un hospital de convalecencia.

Si el estado empeora rápidamente —por ejemplo, con un descenso repentino del nivel de conciencia o la aparición de fiebre alta o dificultad respiratoria—, primero debe acudirse a urgencias o a un hospital de agudos para identificar la causa y recibir tratamiento. Tras completar la atención urgente, el equipo médico decide si procede el traslado a un hospital de convalecencia.

Comparemos a dos personas mayores con demencia. Una tiene peor memoria y corre el riesgo de salir sola y perderse. Sin embargo, puede comer por sí misma, duerme de forma estable y el resto de enfermedades están bien controladas. En este caso, puede encajar mejor una residencia que ofrezca gestión de la seguridad y apoyo en la vida diaria.

La otra, pese a haber terminado el tratamiento de una neumonía, mantiene una respiración inestable. Le cuesta expulsar las flemas por sí misma, por lo que hay que aspirarlas con frecuencia, y también necesita oxígeno de manera repetida. En un caso así, puede ser más apropiado un hospital de convalecencia, donde el personal sanitario pueda comprobar de forma continua los cambios del estado físico. Ambas personas padecen demencia, pero la ayuda que necesitan es completamente distinta.

No poder caminar no significa automáticamente hospital de convalecencia

No hay que elegir un hospital de convalecencia solo porque la persona no pueda caminar por sí sola. Aunque se desplace en silla de ruedas y necesite mucha ayuda para comer, bañarse, evacuar o cambiarse de ropa, si su estado es estable y no requiere intervenciones médicas frecuentes, una residencia puede ser una opción.

Incluso una persona mayor que pasa la mayor parte del día en la cama puede ingresar en una residencia si cumple los requisitos del seguro de cuidados de larga duración. Ahora bien, que pueda ingresar no significa que en cualquier centro vaya a recibir cuidados suficientes.

Cuanto más tiempo se pasa en la cama, más a menudo hay que cambiar de postura y más cuidadosamente hay que ayudar con la alimentación. También se necesita más apoyo para los traslados entre la cama y la silla de ruedas. Hay que vigilar con detalle si aparecen úlceras por presión y si la persona tiene dificultades para tragar.

Antes de decidir el centro, conviene comprobar si dispone del personal y del equipamiento necesarios para asumir estos cuidados. También hay que preguntar si pueden cambiar la postura o ayudar con la evacuación durante la noche y cómo responden si el estado empeora de forma repentina.

Por el contrario, si el estado es inestable o si el tratamiento de úlceras por presión, el suministro de oxígeno o la aspiración de flemas requieren que el personal sanitario valore e intervenga con frecuencia, es mejor considerar un hospital de convalecencia.

Lo importante no es si puede caminar. La elección depende de si el eje es ayudar en la vida diaria o si hay que tratar y vigilar de manera continuada.

Pregunte esto al médico

No es fácil que la familia determine, solo por el aspecto externo, si conviene una residencia o un hospital de convalecencia. Lo recomendable es preguntar de forma concreta al médico que lo atiende habitualmente o al equipo sanitario responsable del hospital antes del alta qué tratamientos y qué cuidados serán necesarios a partir de ahora.

En lugar de preguntar solo «¿qué es mejor, una residencia o un hospital de convalecencia?», conviene plantear cuestiones como las siguientes.

«¿Ya han terminado todos los tratamientos urgentes?»

«A partir de ahora, ¿con qué frecuencia necesitará oxígeno o aspiración de flemas, inyecciones o sueroterapia intravenosa, o tratamiento de úlceras por presión?»

«Si cambia el estado físico, ¿el personal sanitario debe valorar e intervenir de inmediato?»

«En el día a día, ¿hay más necesidades de apoyo para comer, evacuar y moverse que de tratamiento?»

Preguntar así ayuda a aclarar si lo que necesitan sus padres es observación y tratamiento continuados por parte del personal sanitario o cuidados centrados en apoyar la vida diaria.

Lo que se decide una vez no tiene por qué ser la respuesta definitiva

El estado de salud de los padres puede cambiar. Si tras una cirugía o una infección se necesita durante un tiempo tratamiento y observación, pueden permanecer en un hospital de convalecencia. Después, si el estado se estabiliza, se cumplen los requisitos para ingresar en una residencia y hay plaza, también es posible trasladarse a una residencia.

Por el contrario, si durante la estancia en una residencia aparece fiebre alta o dificultad respiratoria, o si de repente disminuye el nivel de conciencia, primero debe acudirse a urgencias o a un hospital de agudos para ser evaluado.

En definitiva, no se debe decidir mirando un único criterio. Hay que comprobar primero si han aparecido síntomas recientes de forma repentina o si han empeorado con rapidez, y si se repiten neumonía, infección urinaria, deshidratación o úlceras por presión. También es importante con qué frecuencia se necesitan intervenciones como oxígeno, aspiración de flemas, inyecciones o sueroterapia intravenosa.

En cambio, si el eje es ayudar con la comida, el baño, la evacuación, la movilidad y la gestión de la seguridad, y el estado físico es estable, puede valorarse una residencia. Si pasa mucho tiempo en la cama, también hay que confirmar si esa residencia puede ofrecer suficientemente cuidados como cambios posturales, ayuda para los traslados, apoyo en la alimentación y prevención de úlceras por presión.

En lugar de sacar conclusiones solo con el criterio de la familia, tampoco debe omitirse el proceso de preguntar al equipo sanitario qué tratamientos y qué cuidados serán necesarios a partir de ahora. Solo valorando conjuntamente el estado físico y la ayuda necesaria se puede elegir correctamente entre una residencia y un hospital de convalecencia.

En la próxima entrega analizaremos qué son el grado de cuidados de larga duración y las prestaciones para centros necesarias para utilizar una residencia, cómo se solicitan y cuánto acaba pagando realmente la familia.

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