«Fragmentos de vidrio» incrustados en las articulaciones de los veinteañeros y treintañeros… «Gritas con solo que te roce el aire»

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Una cerveza con pollo frito, una foto de body profile… y a cambio se derrumba el dedo gordo del pie

Cuando el nivel de ácido úrico en sangre (ácido úrico sérico) supera 7,0 mg/dL en hombres y 6,0 mg/dL en mujeres, se clasifica como «hiperuricemia». Los ataques de gota suelen manifestarse cuando se supera 9–10 mg/dL. Foto=Clipart Korea

El trabajador de oficina A, de treinta y tantos, tuvo que gemir a solas en una habitación de hotel desconocida la primera noche de un viaje al extranjero que llevaba mucho tiempo planeando. El dolor, que empezó en el dedo gordo del pie, era como si alguien hubiera empujado fragmentos de vidrio dentro de la articulación. Ni en sueños imaginó que el detonante podrían haber sido unas cuantas cervezas compartidas con sus acompañantes la noche anterior. El diagnóstico que recibió en el hospital tras regresar fue «sospecha de gota». A tiene 33 años.

Uno de cada cuatro tiene entre 20 y 30 años… relevo generacional de la «enfermedad de los jefes»

La gota, que en otro tiempo se consideraba casi patrimonio exclusivo de una población acomodada de mediana edad dada a los excesos y al alcohol, está cambiando de generación a gran velocidad. Según las estadísticas del Servicio de Revisión y Evaluación del Seguro de Salud (HIRA), el número de pacientes con gota en el país pasó de unos 460.000 en 2020 a superar los 550.000 en 2024. En solo cuatro años aumentó con fuerza, más de un 18%.

Aún más llamativa es la distribución por edades. Más del 25% del total de pacientes tiene entre 20 y 30 años, e incluso se han publicado resultados que indican que uno de cada dos hombres jóvenes padece «hiperuricemia», la fase previa a la gota.

La gota aparece cuando la concentración de ácido úrico en la sangre se eleva de forma anormal. Cuando el ácido úrico cristaliza, unos cristales tan afilados como agujas se incrustan entre los tejidos articulares y provocan una inflamación intensa. Como su nombre sugiere, duele tanto que basta con que te roce el aire para gritar.

El indicador clave es el nivel de ácido úrico en sangre (ácido úrico sérico), que puede comprobarse en un chequeo médico. El rango normal es ≤7,0 mg/dL en hombres y ≤6,0 mg/dL en mujeres. Si se supera, se clasifica como «hiperuricemia». Los ataques de gota suelen hacerse manifiestos cuando el ácido úrico supera 9–10 mg/dL.

Cerveza con pollo frito y body profile: un ataque coordinado a las articulaciones jóvenes

Los expertos señalan dos culturas paradójicas como telón de fondo del rápido aumento de la gota entre los jóvenes.

La primera es la cultura alimentaria representada por la «cerveza con pollo frito». La cebada, ingrediente principal de la cerveza, es rica en purinas, que en el organismo se convierten en ácido úrico. La grasa del pollo frito dificulta la eliminación del ácido úrico, y la fructosa líquida de los refrescos carbonatados favorece directamente su producción en el hígado. Las dietas hiperproteicas asociadas a la comida a domicilio también son un factor estructural que eleva el ácido úrico.

La segunda es, paradójicamente, el «deseo de estar sano». El consumo excesivo de suplementos de proteínas con el objetivo de hacerse una sesión de fotos de body profile, o los intentos de perder peso reduciendo de forma extrema la ingesta de agua en poco tiempo, elevan bruscamente la concentración de ácido úrico. También se dispara cuando se destruyen células musculares por ejercicio intenso y repentino. Es decir, conductas orientadas a la salud acaban apretando el gatillo de un ataque de gota.

Diagnóstico y tratamiento: es aún más importante «cuando no duele»

La primera puerta del diagnóstico de la gota es comprobar el nivel de ácido úrico mediante un análisis de sangre. En el informe del chequeo médico, el apartado «UA (Uric Acid)» corresponde a este valor. Aunque no haya síntomas, si supera 7,0 mg/dL (criterio para hombres) debe interpretarse como una señal de que urge corregir los hábitos de vida. La confirmación diagnóstica se realiza verificando directamente cristales de ácido úrico en el líquido sinovial (líquido articular) extraído de la articulación, o bien integrando los síntomas clínicos y los valores sanguíneos.

El tratamiento se divide, a grandes rasgos, en dos fases. En la fase aguda se utilizan antiinflamatorios no esteroideos (AINE/NSAIDs), colchicina y esteroides para calmar rápidamente el brote. En el control a largo plazo, el objetivo es mantener el ácido úrico en sangre por debajo de 6,0 mg/dL mediante el uso continuado de fármacos hipouricemiantes que inhiben su producción, como alopurinol o febuxostat.

Cho Hyeon-ik, jefe de sección del Centro de Articulaciones del Hospital On de Busan (Traumatología/Ortopedia), señala que «muchos pacientes jóvenes dejan la medicación y lo descuidan cuando desaparece el dolor». El problema viene después. Los cristales de ácido úrico se acumulan dentro de la articulación incluso cuando no hay dolor y, si se deja sin tratar durante mucho tiempo, puede conducir a deformidades articulares y a complicaciones sistémicas como cálculos renales, hipertensión e insuficiencia renal crónica. En sus palabras, «la gota es una enfermedad que, precisamente cuando no hay ataques, requiere un control aún más constante».

Seguimiento: recuerda tres principios

En la gota, la clave no es tanto la curación como el «control». Primero, el agua es tratamiento: beber de forma constante más de 2 litros al día favorece la eliminación de ácido úrico a través de los riñones. Segundo, más que abstinencia intermitente, moderación sostenida: hay que reducir la cerveza y, en general, todo tipo de alcohol y bebidas con fructosa líquida. Tercero, mejor ejercicio aeróbico constante que una pérdida de peso agresiva: mantener un peso adecuado se relaciona directamente con la normalización del ácido úrico.

Y un apunte más: si de repente se hincha el dedo gordo del pie o el tobillo y notas calor, no lo aguantes ni lo dejes pasar. Es también la lección más cara que A aprendió en este viaje.

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