Proteínas del alzhéimer acumuladas, pero sin demencia: el secreto del «cerebro resistente»

| Ingresar:

Neuronas «inmaduras» que seguían vivas en lo más profundo del hipocampo: no era cuestión de cantidad, sino de estado

Una mujer mayor mira por la ventana. Aunque por fuera no se aprecie deterioro cognitivo, en algunos casos la patología del alzhéimer progresa dentro del cerebro. Un estudio reciente plantea que las diferencias en el estado de las «neuronas inmaduras» del hipocampo podrían estar relacionadas con la resiliencia cognitiva. Foto=Getty Image Bank

Aunque el cerebro esté lleno de cúmulos de proteínas tóxicas que provocan el alzhéimer —la llamada patología (病理)—, es posible que la demencia no llegue a aparecer. Ocurre en personas a las que una prueba cerebral detecta signos de patología del alzhéimer y, aun así, se mantienen bien; o en casos en los que la autopsia revela una patología del alzhéimer evidente, pero en vida la memoria se conservó nítida. Son situaciones difíciles de explicar para los médicos.

La comunidad científica ha bautizado este fenómeno como «resiliencia cognitiva» (cognitive resilience). Durante mucho tiempo se desconoció el motivo. La mayoría de los hallazgos procedían de experimentos con ratones, y eran escasos los estudios que confirmaran directamente esa diferencia en cerebros humanos.

Un equipo encabezado por la doctora Evgenia Salta, del Instituto Neerlandés de Neurociencia, analizó recientemente tejido cerebral humano de forma directa y encontró una posible respuesta. Estaba en las «neuronas inmaduras» situadas en lo más profundo del hipocampo, el centro de la memoria del cerebro.

Había patología, pero la demencia no llegó

El cerebro humano produce nuevas neuronas incluso en la edad adulta, pero lo hace de forma extremadamente infrecuente. Para madurar por completo, pasan por etapas intermedias. Esas células que aún no han terminado de desarrollarse son las neuronas inmaduras. En experimentos con ratones se ha observado que participan en rellenar redes neuronales dañadas, pero en el cerebro humano su propia existencia había sido objeto de debate.

El equipo obtuvo tejido cerebral de tres grupos donado al Banco de Cerebros de los Países Bajos. Eran muestras conservadas mediante congelación rápida tras el fallecimiento: un grupo sano sin proteínas tóxicas del alzhéimer; un grupo de pacientes con alzhéimer diagnosticados de demencia en vida; y un «grupo con resiliencia cognitiva», con abundantes proteínas tóxicas pero en el que, finalmente, no apareció demencia. En los tres grupos, todos los donantes superaban de media los 80 años.

El equipo decidió extraer los núcleos celulares de estas muestras y leer las huellas de la actividad genética. Es decir, observar los rastros de lo que ocurrió en el cerebro cuando esas personas estaban vivas.

Sin embargo, estas células eran demasiado raras como para captarlas con los métodos habituales. El equipo aplicó una técnica de análisis que permite leer de una vez la actividad genética de células individuales y se centró únicamente en el giro dentado (dentate gyrus, una zona interna del hipocampo implicada en la formación de la memoria), donde se agrupan las neuronas inmaduras.

El número era el mismo, pero el comportamiento era distinto

El análisis detectó rastros de neuronas inmaduras en los tres grupos, incluso en cerebros de más de 80 años.

El equipo esperaba que el grupo con resiliencia tuviera muchas más de estas células, pero las diferencias en el número de células entre los tres grupos no fueron grandes. Lo importante no era cuántas había.

¿Por qué ocurrió esto? En las neuronas inmaduras del grupo de pacientes con alzhéimer, la respuesta inflamatoria estaba activada en exceso. La inflamación es, en origen, un mecanismo defensivo para eliminar bacterias o tejido dañado, pero si se prolonga puede acabar perjudicando también a células sanas. En estas células, precisamente, ese proceso estaba en marcha. Las propias células emitían señales de estrés y no lograban resistir.

En el grupo con resiliencia, en cambio, el patrón era otro. No se estaban muriendo: estaban aguantando. Las señales inflamatorias se mantenían bajas y persistían señales que, al resistir por sí mismas, estabilizaban el tejido circundante.

El mismo cerebro, un desenlace distinto

La función de estas células no consistía en rellenar huecos.

La doctora Salta estimó que «no parece que sea un mecanismo en el que una célula nueva ocupe el lugar de una célula muerta» y añadió que «parece más bien un papel de apoyo para que el tejido circundante mantenga su función».

Incluso con la misma patología, el desenlace puede variar según cómo resista el cerebro. La doctora Salta subrayó: «Hay cerebros que aguantan y cerebros que se derrumban. Si sabemos dónde está esa bifurcación, podrían aparecer pistas para nuevos tratamientos».

Este estudio se publicó el mes pasado en la revista《Cell Stem Cell》 con el título «Transcriptional profiles of immature neurons in aged human hippocampus track Alzheimer's pathology and cognitive resilience».

El equipo señaló que estos resultados no demuestran de forma directa la causa que impide la demencia.

Aún se desconoce si los cambios en las neuronas inmaduras son la causa o la consecuencia de la resiliencia. Al tratarse de un análisis de tejido congelado post mortem, existen límites para demostrar la relación causal, y también queda por resolver cómo se entrelazan estas células con otras células cerebrales.

Por qué algunos cerebros resisten hasta el final sigue sin saberse. Pero hay un hecho que ahora queda más claro. Que se acumulen proteínas tóxicas del alzhéimer en el cerebro no significa necesariamente que vaya a aparecer demencia.

Incluso en cerebros de más de 80 años quedaban rastros de neuronas en estado inmaduro, y algunos cerebros mantuvieron su función hasta el final junto a estas células.

×