
Hay personas que, aunque quieran recibir terapia psicológica, sienten reparo ante la idea de mostrar su rostro y exponer su intimidad a un desconocido. En ese caso, ¿qué pasaría si, en lugar de la cara real, la terapia se hiciera a través de un avatar?
Entre quienes probaron la psicoterapia mediante un avatar anónimo, hubo reacciones que apuntan a que, al no quedar expuesto su aspecto real, se sentían menos presionados y les resultaba más fácil expresar pensamientos y emociones. También apareció una idea recurrente: más que el parecido del avatar con la persona, lo determinante es que resulten naturales la expresión, el movimiento de los ojos y de la cabeza, y los gestos corporales.
El profesor Cho Cheol-hyeon, del Departamento de Psiquiatría del Hospital Anam de la Universidad de Corea; la profesora Heo Jeong-yoon, del Departamento de Diseño de Experiencias Inteligentes de la Universidad Kookmin, y un equipo conjunto con la Universidad del Sur de California (USC) dieron a conocer estos resultados el día 11. Los hallazgos se publicaron el pasado día 6 en la revista internacional Journal of Medical Internet Research.
En el estudio participaron 60 adultos de 19 a 70 años que consideraban que necesitaban gestionar su salud mental. Durante cuatro semanas, realizaron una sesión individual con el mismo terapeuta una vez por semana, de unos 50 minutos cada vez.
La cámara estaba encendida, pero en lugar del rostro real, un avatar
El formato se apartó de la videoterapia habitual. Los participantes se conectaron desde un PC, un smartphone o una tableta. No utilizaron dispositivos adicionales de realidad virtual (VR). La cámara permanecía encendida, pero no para que el terapeuta viera el rostro real tal cual. Las expresiones captadas por la cámara, el movimiento de los ojos y de la cabeza, y los gestos corporales del usuario se reflejaban en tiempo real en un avatar anónimo. En otras palabras: se ocultaba la apariencia, pero se mantenían las expresiones y los gestos necesarios para la terapia.
El equipo eligió a 30 personas para entrevistas en profundidad entre quienes probaron el programa, teniendo en cuenta la edad y otras características. Eran 16 mujeres y 14 hombres. Este trabajo es un estudio cualitativo que analiza sus experiencias para determinar qué elementos se necesitan en la terapia con avatares.
Más importante que “si se parece a mí” es “si reproduce mi expresión”
Varios participantes dijeron que, al no mostrarse su aspecto real, sentían menos carga y podían hablar con mayor comodidad sobre sus emociones o pensamientos.
No era imprescindible que el avatar se pareciera exactamente a ellos. Al contrario, hubo respuestas que indicaban que, cuando el avatar parpadeaba o sonreía y movía la cabeza y el cuerpo de forma natural siguiendo su comportamiento, lo sentían “como si fuera yo mismo”.
Los investigadores lo describieron como “realismo conductual”, para diferenciarlo del grado de parecido físico. Es decir, pesaba más que el avatar expresara y se moviera como uno mismo que el hecho de que se pareciera físicamente.
La reacción del terapeuta también influyó. Algunos participantes contaron que, si en el avatar no se reflejaban bien gestos como asentir o dirigir la mirada, llegaban a dudar de si el terapeuta estaba escuchando adecuadamente.
Con todo, más expresiones y gestos no era necesariamente mejor. Mientras algunas personas dijeron que esos matices ayudaban a concentrarse en la terapia, otros participantes se sintieron incómodos con un exceso de movimiento. También hubo opiniones divididas sobre mantener el propio avatar visible en pantalla de forma continua.

¿Te frenaba la terapia por tener que mostrar la cara?
Si una persona siente que necesita terapia pero le supone una carga mostrar su rostro o su apariencia, comunicarse con el terapeuta mediante un avatar que no revele la cara real, pero sí incorpore expresiones y gestos, podría convertirse en una opción.
Sin embargo, el efecto terapéutico todavía no se ha confirmado. En este estudio no se midió cuánto disminuyeron los síntomas de depresión o ansiedad tras la terapia con avatar. Tampoco se comparó su eficacia con la terapia presencial o la videoterapia.
Estos resultados no permiten concluir que “la terapia con avatar es tan eficaz como la terapia presencial”. Se trata, más bien, de una investigación que examina qué aspectos resultaron cómodos y cuáles incómodos para quienes vivieron la experiencia de recibir terapia con el rostro oculto.
¿Conviene seguir ocultando la cara solo porque resulta más cómodo?
El anonimato no siempre funciona solo como una ventaja. Si una persona con elevada ansiedad social o vergüenza llega a pensar que “solo puedo hablar si oculto mi cara”, existe la posibilidad de que el avatar se convierta en un medio para seguir evitando situaciones incómodas en la vida real.
Los investigadores explicaron que esto podría derivar en lo que se conoce como “conductas de seguridad”, es decir, depender de determinadas acciones para evitar o reducir la ansiedad.
No obstante, este estudio no confirmó ese posible efecto adverso mediante observación a largo plazo. Es un aspecto que conviene vigilar cuando se aplique en tratamientos reales en el futuro.
Por ello, el equipo señaló que, más que considerar la terapia con avatar como un método que sustituya por completo a la terapia presencial, conviene estudiar su uso combinado con terapia presencial o por videollamada, según el estado y las necesidades del paciente.
El profesor Cho Cheol-hyeon afirmó: “El núcleo de este estudio es que ‘el anonimato y la conexión emocional no son una elección excluyente’”, y añadió: “Hemos confirmado, a nivel de experiencia de usuario, que un diseño que oculta el rostro pero transmite la expresión puede, al contrario, rebajar el umbral de la autoapertura”.
