
No son pocas las parejas que, a partir de la mediana edad, se van alejando de la cama de forma natural, con el ajetreo diario y el cansancio como telón de fondo. Diversos estudios vienen advirtiendo de que la interrupción del contacto físico y de la vida sexual puede generar problemas en la relación de pareja y afectar al conjunto de la inmunidad, los vasos sanguíneos y la función cerebral.
En términos médicos, los cambios que pueden producirse en el organismo cuando la vida sexual se corta en seco suelen agruparse, a grandes rasgos, en tres ejes: envejecimiento del sistema cardiovascular e inmunitario y pérdida de defensas; deterioro de la memoria y ansiedad crónica por la menor estimulación de las células cerebrales; y dolor y descenso de la función física por desequilibrios hormonales.
En primer lugar, preocupa el envejecimiento acelerado del sistema cardiovascular e inmunitario y la pérdida de capacidad defensiva. El contacto físico y la vida sexual regulares actúan como una barrera fisiológica de protección, más allá del placer. Estudios clínicos de la American Heart Association, entre otros, muestran que los hombres que mantienen relaciones sexuales una vez al mes o menos presentan un riesgo de enfermedad cardiovascular hasta un 45% mayor que quienes las mantienen de forma constante dos o más veces por semana. Este resultado se atribuye a la acción combinada de una menor actividad física general y un agravamiento del estado depresivo.
Un artículo publicado en 《Journal of the American Medical Association (JAMA)》 señala que los grupos con una frecuencia sexual muy baja mostraron una tendencia a un aumento significativo del riesgo de cardiopatía. Además, al alterarse el ritmo de secreción de la inmunoglobulina A (IgA), una sustancia inmunitaria clave que combate los virus, el organismo pasa a ser más vulnerable a enfermedades estacionales y a inflamaciones. En estudios inmunológicos relacionados, se observó que quienes mantienen una vida sexual moderada de 1 a 2 veces por semana presentan niveles de IgA significativamente más altos que quienes no lo hacen, con una mejor capacidad de defensa frente a virus.
También preocupa el deterioro de la memoria y la ansiedad crónica derivados de una menor estimulación de las células cerebrales. Cuando se acumula el estrés, aumenta la tendencia a evitar las relaciones sexuales. Sin embargo, las hormonas que se liberan durante el contacto sexual actúan como un potente tranquilizante natural que amortigua la respuesta de tensión del organismo. Un amplio estudio del equipo conjunto de la Universidad de Coventry y la Universidad de Oxford con adultos de 50 a 89 años concluyó que quienes mantienen una vida sexual regular obtuvieron, de media, entre 5 y 7 puntos más en una prueba de memoria de palabras que quienes no la mantienen. Es decir, las personas con una vida sexual activa logran resultados muy superiores en las evaluaciones de función cognitiva. En cambio, en quienes interrumpieron su vida sexual se observó que desaparecen el “eco” químico del cerebro y las oportunidades de crear vínculos, lo que incrementa la inestabilidad emocional. También se constató que disminuye la secreción de prolactina y oxitocina, que ayudan a dormir bien, por lo que pueden sufrir fatiga crónica e insomnio. Estos resultados se publicaron en la revista internacional 《Age and Ageing》.
Junto a ello, la interrupción de las relaciones sexuales provoca desequilibrios hormonales, que pueden derivar en dolor y en un deterioro prolongado de la función física. Las endorfinas que se liberan con el orgasmo durante el coito actúan como analgésico natural que alivia dolores punzantes en todo el cuerpo —cabeza, articulaciones, zona lumbar, entre otros—. Si no se disfruta de ese efecto, dolores articulares o cefaleas que estaban latentes pueden percibirse con mayor sensibilidad. Como resultado, en hombres y mujeres se acelera la degeneración de los tejidos corporales. Se observó que, tras la menopausia, las mujeres que no mantienen una vida sexual regular pierden mucha más elasticidad en el tejido vaginal y presentan contracción y sequedad, con una probabilidad más del doble de sufrir dolor durante el coito que las mujeres con una vida sexual activa. En los hombres, el grupo con una frecuencia de eyaculación inferior a 7 veces al mes mostró un riesgo mucho mayor de cáncer de próstata que el grupo con 21 o más. También hay estudios que indican que los hombres que mantienen relaciones sexuales menos de una vez por semana elevan hasta el doble el riesgo de disfunción eréctil.
Sin embargo, expertos en medicina y psicología advierten de que “es difícil comparar de forma simple la fisiología de la población general con la vida del clero”. Las razones son, en gran medida, dos. En primer lugar, los clérigos pasan desde temprano por un proceso de entrenamiento específico en el que, mediante una estricta disciplina mental, meditación y convicciones religiosas, subliman el deseo sexual en energía mental, actividades de servicio o vida comunitaria. Por ello, operan mecanismos psicológicos y neurocientíficos muy distintos de los que experimenta la población general cuando corta de golpe su vida sexual, como los desequilibrios hormonales o las respuestas al estrés. En segundo lugar, los beneficios fisiológicos de una vida sexual saludable para el organismo (estimulación cardiovascular, secreción de sustancias inmunitarias, producción de hormonas analgésicas naturales, etc.) pertenecen estrictamente al ámbito de las acciones físicas y químicas. Por tanto, aplicar sin más el caso del clero —que atraviesa un mundo mental y un entrenamiento particulares— como pauta de salud para la población general conlleva grandes limitaciones.
Recientemente se han publicado resultados que respaldan esta lógica. Un equipo conjunto de la Universidad Nacional de Filipinas y la Universidad De La Salle analizó desde múltiples ángulos qué cambios produce en la salud mental y espiritual en la vejez el estilo de vida ascético que practican los religiosos. El estudio no se basó en experimentos clínicos directos, sino en un análisis cruzado entre la teoría psicológica de Maslow y la literatura ascética de monasterios occidentales. El equipo puso el foco en que el “ascetismo digital”, que reduce de forma deliberada el uso de dispositivos digitales, cuando se combina con la vida monástica tradicional, ofrece a las personas mayores una forma singular de estabilidad emocional y madurez espiritual.
Según los resultados, los religiosos, al mantener una vida que minimiza los estímulos externos y refuerza la introspección, experimentan mucho menos que la población mayor general sentimientos habituales de aislamiento, ansiedad y pérdida de sentido vital. El equipo explicó este fenómeno con el concepto de “envejecimiento trascendente” (transcendent aging) y analizó que la práctica ascética, a medida que avanza la edad, impulsa el desarrollo psicológico y refuerza el propósito de vida y el significado espiritual.
Asimismo, se observó que el ascetismo digital crea un entorno que permite escapar del consumo excesivo de información y centrarse en la autoobservación y en una vida orientada a la comunidad, con un impacto positivo en la salud mental en la vejez. Los religiosos tienden a limitar el uso de la tecnología, se ven menos sacudidos por estímulos externos y mantienen estabilidad emocional y profundidad espiritual mediante rutinas regulares, oración y meditación, entre otras prácticas.
El equipo indicó que estos efectos no aparecen solo en clérigos o religiosos, y que la población mayor general también puede obtener beneficios similares con cierto grado de moderación digital y prácticas interiores. No obstante, en los religiosos el efecto se manifiesta con mayor claridad porque el ascetismo se combina con una vocación religiosa. Estos resultados (Digital Asceticism and Transcendent Aging: Reframing Late Life through Monastic Wisdom and Humanistic Psychology) se publicaron en la revista internacional 《Journal of Religion and Health》 (edición del 31 de julio de 2026).
[Preguntas frecuentes]
P1. Después de la mediana edad, ¿qué frecuencia semanal es adecuada para retomar o mantener la vida sexual?
R1. En el ámbito médico y en estudios clínicos relacionados, el criterio que suele considerarse capaz de aportar efectos positivos para la salud cardiovascular y el mantenimiento de la inmunidad es de unas 2 veces por semana. Sin embargo, más que obsesionarse con la cifra, es más importante mantener de forma constante una periodicidad que permita conservar la intimidad y el vínculo emocional en la pareja.
P2. Si se reanudan las relaciones sexuales tras mucho tiempo sin mantenerlas, ¿puede suponer una carga para el cuerpo o causar efectos secundarios?
R2. Al retomar de golpe la actividad tras haber evitado durante mucho tiempo la cama, puede preocupar el esfuerzo físico; pero si se ha mantenido la forma con ejercicio ligero regular o paseos, puede ayudar, más bien, a mejorar la circulación sanguínea y estimular la secreción hormonal. No obstante, a partir de la mediana edad conviene tener en cuenta el envejecimiento de los tejidos y la pérdida de flexibilidad, y empezar poco a poco con caricias suaves en lugar de hacerlo de manera brusca.
P3. Con la edad, el deseo sexual disminuye de forma natural. ¿Existe algún motivo médico para mantenerlo aunque sea a la fuerza?
R3. Es natural que los niveles hormonales cambien con el envejecimiento, pero las endorfinas y la oxitocina, entre otras sustancias que se liberan durante el contacto físico y el orgasmo, influyen directamente en el alivio del dolor, el sueño reparador y la reducción del estrés. Por ello, si se descuida por completo el deseo sexual, puede acelerarse la degeneración de las funciones corporales y el descenso de la inmunidad; conviene gestionarlo como uno de los hábitos de vida que ayudan a mantener la vitalidad.
